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Tu boda, como nunca la habías visto (afortunadamente...)
Mientras hay boda hay esperanza

Bodas civiles: lecturas para no dormir a los invitados

Purita Laverdad | 14-09-2018

Tengo que decir que tardé años en asistir a mi primera boda civil; de hecho, no estuve invitada por primera vez a una hasta más de tres años después de casarme yo misma. Desde entonces el número ha ido creciendo hasta igualarse, o podría decir, superar a las bodas religiosas y presenciar unas cuantas ya te permite formarte una opinión sobre ellas y sacar unas conclusiones que en mi caso son:

  1. La ceremonia desnuda de una boda civil no se diferencia prácticamente en nada de ir al notario a firmar una hipoteca.
  2. Los intentos que, en ocasiones, se hacen para embellecerla suelen conseguir el efecto contrario.

El primer cambio fue el de emplazamiento: el salón de plenos de un ayuntamiento suele ser un lugar mucho más atractivo a la vista que la sala de un juzgado en la que sólo falta el acusado en el banquillo, o simplemente en el despacho del juez. Además cabe más gente. En los años 80 y 90 había una distinción marcada entre boda religiosa y civil y se daba por hecho que la segunda traía consigo menos boato y una cantidad de invitados muy inferior, pero esa concepción ya no tiene lugar en nuestros días y una novia civil ha dejado de vestir traje de chaqueta blanco y lleva vestido, cola, velo y los doscientos invitados de rigor. Faltaría más. Y, por supuesto, ya no le toca esperar un día de diario en el juzgado rodeada de gente que va a hacer trámites, sino que se casa en el ayuntamiento, que ofrece mucha más flexibilidad en cuestión de horarios y escenarios. (Lo de aquellos que deciden casarse en el jardín de un hotel con un actor oficiando lo dejamos para otro día.)

Fotografía de Néstor Fernández

Imagen por cortesía de Néstor Férnandez, Fotografía.

Y el segundo cambio ha consistido en tratar de disimular el carácter de transacción legal que tiene la ceremonia, ahogándolo en un montón de parafernalia copiada en gran parte del acto religioso. Y aquí es donde los esfuerzos por adornar un acto sencillo pueden llegar a convertirlo en algo tedioso, ficticio o, peor aún, sencillamente ridículo. La delgada línea que separa lo emotivo de lo sonrojante es muy muy flaca, casi anoréxica y estos límites se sobrepasan con frecuencia en esos momentos en que los sentimientos están a flor de piel. Entre las tendencias más habituales tenemos a las damitas y los pajes que llevan arras y anillos (ambas cosas con raíces en la tradición religiosa y completamente incongruentes en una boda civil), la música, los vídeos conmemorativos y el tema de hoy: las lecturas.

Suelen correr a cargo de parientes muy cercanos —si hay suerte, dos, uno por cada lado, hermanos de los novios, por ejemplo, o amigos íntimos. Con no poca frecuencia la proximidad del vínculo no es proporcional a las cualidades oratorias del lector y se producen situaciones incómodas o, como tan hábilmente se llama en España, de vergüenza ajena. -

  • Hermano/amigo que ha visto demasiadas películas americanas y lee un discurso “divertido” inspirado en los que dan los padrinos o “best men” en las bodas al otro lado del charco, relatando episodios grotescos de la vida del novio. (No es por sexismo, pero esos suelen ser chicos)
  • Hermana/amiga fan de El Diario de Noah que recorre en su lectura todos los tópicos lacrimógenos que existen en dos vertientes: una exaltación de la amistad más propia del final de la fiesta que de la ceremonia o un panegírico que sería perfecto para el funeral de uno de los novios. (Estas suelen ser chicas.)
  • Gente que confunde el discurso de la boda con los agradecimientos de los Oscars de Hollywood. Y sí, os aseguro que he oído como en una boda le daban las gracias al novio “por ayudarnos cuando paren las vacas”.
  • Espantosas lecturas sacadas de internet llenas de tópicos, obviedades y Mr. Wonderful a mansalva: ceremonia de la luz y de las velas (en la boda de un primo mío la hermana de la novia nos torturó durante tres folios enteros con ella), Jorge Bucay, Paulo Coelho y demás familia. Prefiero oír hablar sobre los esfuerzos del novio por ayudar a salir a un ternero del vientre de su madre.

Así que después de unas cuantas bodas civiles, y alguna religiosa porque a medida de que las bodas civiles se “sacralizan” también las otras se han “secularizado”, escuchando discursos y lecturas infames que te hacen desear tener un cojín detrás del cual poder ocultarte para reír o para llorar a gusto, creo estar en disposición de ofrecer una serie de consejos.

  • Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Lo dijo Baltasar Gracián en el Siglo de Oro pero sigue vigente en nuestros días, es mejor que la gente se quede con ganas de más que empezar a oír bostezos entre el auditorio. Teniendo cuenta que se trata de una boda y no de una conferencia, cinco minutos me parece un tope aceptable, y digo tope, no duración media.
  • Si te toca leer asegúrate de practicar en casa varias veces con el ritmo y la entonación adecuada, una mala lectura arruina cualquier intervención.
  • No cuentes tu vida entera con los novios, se supone que los asistentes los conocen de sobra, de ahí que hayan sido invitados, si estás leyendo en su boda ya se imaginarán lo especial de vuestra relación y además, los protagonistas son ellos, no tú. Una anécdota es aceptable (siempre que no sea algo vergonzoso o lacrimógeno), más es ser el abuelo Cebolleta con sus batallitas.
  • No es el momento de ponerse a enumerar a todos esos parientes o amigos que ya no están con nosotros. Los novios lo saben de sobra y es su día para ser felices, no se lo estropees.
  • Tampoco es ocasión para recordar lo difícil que es el matrimonio y la gran cantidad de ellos que terminan en divorcio, parejas anteriores, accidentes y desgracias variadas que les hayan ocurrido. Repito: es un día feliz.
  • Todo buen discurso debe llevar una cita. Que esta sea pertinente, en el momento apropiado (para abrir el discurso y desarrollarlo sobre ella o para cerrarlo) y, sobre todo, asegúrate de que esté bien atribuida a su autor. Abundan por la red citas de la Gandhi y de la Madre Teresa que ellos no pronunciaron jamás.
  • Utiliza internet para inspirarte y para buscar ideas pero no copies textualmente lo que vayas a leer, todos hacen lo mismo y es más que probable que los invitados ya hayan oído lo mismo unas cuantas veces antes (véase ceremonia de las velas).
  • Puede añadirse un pequeño poema de amor, un fragmento de una canción o similar, pero, a no ser que seas un gran poeta, evita escribirlo tú mismo o corres el riesgo de ver a tu auditorio mordiéndose los labios para no empezar a reír a carcajadas. ¿Recuerdas eso de que las cosas hechas por uno mismo tienen más valor? Se refiere al conjunto del discurso, no a los poemas.

En fin, evita los terrenos ya transitados, trabaja tu discurso y consigue algo breve, directo y entretenido que sirva para desear a la pareja una feliz vida en común y deje una buena sensación en los asistentes. Parece complicado pero no lo es, simplemente hay que dedicarle un poco de tiempo.

Si estás preparando tu lectura, mucha suerte, o mucha mierda, que es lo que se desean los actores antes de salir a actuar.

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Purita Laverdad es una cronista de ésas que hacen que uno se cuestione si es cierto aquello de que la sinceridad es una virtud. Si has cometido la imprudencia de invitarla a tu boda, buena suerte.

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