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Tu boda, como nunca la habías visto (afortunadamente...)
Mientras hay boda hay esperanza

Con un par de...cucharas

Purita Laverdad | 11-10-2018

A pesar de que mi fascinación por el mundo de las bodas viene desde la más tierna infancia (concretamente a los siete años, cuando presencié por televisión como Lady Diana Spencer subía las escaleras de la catedral de Saint Paul para convertirse en Princesa de Gales) con el tiempo he desarrollado un fuerte espíritu crítico hacia todo lo que proviene de ellas, y ahora soy algo parecido a un Grinch nupcial. Pero, de todas aquellas cosas que me han hecho arrugar la nariz en las muchas bodas a las que he asistido como invitada, ninguna ha provocado en mí sentimientos tan fuertes de rabia y destrucción como el lamentable asunto del postre por sexos.

¿Postre por sexos? ¿Y eso qué narices es? ¿Pueden ir juntas esas dos palabras en la misma frase? Yo descubrí que sí hace siete años, en la boda de un primo lejano en la otra punta de España a la que asistí más por romanticismo familiar que por proximidad con los novios, al llegar el momento del sorbete. No puedo decir que en el menú no lo advirtiera, de hecho lo ponía bien claro en letra cursiva “Para ellas: sorbete de pétalo de rosa/ Para ellos: sorbete de vainilla”, pero no creí que fuera en serio hasta que que el camarero me dejó delante una bola de color rosa que olía y sabía a colonia mientras que mi marido disfrutaba de un apetitoso helado de vainilla. Ingenuamente le pedí que por favor me trajera uno igual a mí y me dijo que no, que el de vainilla era solo para ellos; entonces comprendí que la cosa iba en serio. Una especie de oblea reblandecida con un corazón dibujado y el correspondiente pronombre “Ella/Él” que venía adornando la copa me confirmó lo que me temía: carecer de un cromosoma Y en mi cadena de ADN iba a impedirme disfrutar del sorbete que me apetecía tomar. El asunto se repitió en el postre, las chicas, tarta de caramelo, los chicos, de chocolate, ambas con su correspondiente oblea hortera, versión chico/chica. Por suerte mi marido es poco aficionado a los dulces y me lo cambió.

En su momento no le di demasiada importancia porque aquel banquete, celebrado en un jardín deco­rado con estatuas de Buda y con refrescos de botella de dos litros, había estado tan lleno de detalles de mal gusto (a lo mejor un día le dedico un monográfico: sería en plan “todo lo que jamás debería haber en una boda”) que me pareció uno más a sumar. Sin embargo, hace dos años, en la boda de unos compañeros de trabajo que presumen de ser paladines del buen gusto, cena elegante en un edificio con solera y con, supuestamente, todo lo “mejor” y lo “más caro”, volví a encontrarme con lo mismo. Y en esta ocasión era aún más grave porque mi marido tenía un delicioso pastel de chocolate a la naranja, mi debilidad, y yo me tenía que conformar con una especie de milhojas de hojaldre con merengue de fresa. En este caso no había oblea conmemorativa —se ve que el color rosa ya era un indicador suficiente del postre femenino. Pedí que me lo cambiaran y, una vez más, me dijeron que ese era el postre de las mujeres. ¡Y para eso se sacrificaron las sufragistas!

Tarta nupcial

Imagen por cortesía de Néstor Férnandez Fotografía

En el habitual paseo de los novios por las mesas para ver qué tal todo (mentira, les importa un pimiento lo que no esté funcionando, lo hacen simplemente para que les digas que todo genial) mencioné que no me había gustado nada el detalle del postre y recibí dos respuestas: él me dijo que lo habían hecho así porque no habían conseguido ponerse de acuerdo al elegir el pastel, ella que habían puesto dos para que pudiéramos probar más de un postre. No sabría decir cuál de las dos cosas me pareció más absurda. Es decir, se supone que te estás casando y vas a compartir una vida en común ¿ni siquiera puedes alcanzar un acuerdo sobre el postre que vais a tomar UNA noche? ¿No podéis lanzar una moneda al aire o algo así? Lo de probar dos postres ya me pareció de traca; probable­mente viene avalado por esa nueva moda de comerse la comida de los demás cuando vas de restau­rante. Sin duda es heredero de ese famoso “combinado de postres” que te ofrecen en las comidas de empresa y que consiste en un plato lleno de trozos de cosas que acaban destrozadas, mezcladas y derretidas después de una rápida guerra de cucharas para conseguir un bocado de algo antes de que aquello parezca la bandeja de las sobras.

Llamadme rara, pero si yo quisiera que mis invitados probasen dos postres les daría eso mismo: dos postres, un trozo de cada uno, y todos felices. Si esa solución no es posible ofrecería la opción de que cada uno escogiera el postre que desea tomar, tan fácil como preguntar al inicio de la cena: “¿Va a querer usted hojaldre de fresa o chocolate a la naranja?” Pero adjudicar los postres basándose en el criterio del sexo, como si tener pene o vagina estuviera directamente relacionado con las papilas gustativas del individuo, resulta tan ridículo como las respuestas que recibí. Probar dos postres. ¿Y si resulta que soy soltera/divorciada/viuda y he ido sola a la boda? Me imagino la cara del hipotético primo segundo solterón de los novios que estaría sentado a mi lado cuando le dijera “Hola, no tengo pareja, pero me encantaría probar el postre de chocolate. ¿Te importaría que yo, una auténtica desconocida a la que jamás has visto antes de hoy, metiese mi cuchara sucia de merengue de fresa en tu pastel de chocolate?” O también podría ser homosexual e ir a la boda con mi pareja del mismo sexo —tampoco ahí podríamos probar dos postres, a fastidiarse. Investigando por Internet en foros de bodas ha llegado a mis oídos, aunque por suerte no lo he sufrido en mis carnes, que en algunas bodas no solo se hace con los postres, sino que sirven carne a los hombres y pescado a las mujeres. Creo que si algo así me ocurriera en un banquete me levantaría para marcharme y no volver jamás. No es que exija que se ofrezcan las dos cosas, pero si ha de haber una opción al menos que se le dé al invitado la posibilidad de escoger por sí mismo. Separar por sexos algo que no sean los baños en el siglo XXI resulta tan anacrónico y carente de sentido que los mismos restauradores deberían plantearse seriamente disuadir a las parejas que quieren cometer esa aberración en su boda para que eviten quedar así de mal.

Lo que nos lleva, una vez más, al punto de partida, la piedra angular de todas las bodas: la tradición. Cuando los novios cortaban la tarta (antes de que alguien decidiera que estaba pasado de moda) y después se troceaba para todos los invitados no había lugar para esas situaciones bochornosas: todo el mundo tenía su trocito acompañado de bola de helado y si había merengue color rosa era para todos, no te lo tenías que tragar por narices —bueno, más que por narices por vagina, que fue lo que determinó mi milhojas de merengue de fresa que, por cierto, estaba horrible, mucho peor que el pastel de chocolate a la naranja que, una vez más, mi sufrido marido me cedió porque nosotros, después de casi veinte años de matrimonio, sí que sabemos llegar a acuerdos.

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Purita Laverdad es una cronista de ésas que hacen que uno se cuestione si es cierto aquello de que la sinceridad es una virtud. Si has cometido la imprudencia de invitarla a tu boda, buena suerte.

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