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Tu boda, como nunca la habías visto (afortunadamente...)
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De cómo he llegado hasta aquí

Purita Laverdad | 26-11-2018

En la salita de estar de la casa familiar las paredes estaban cuajadas de fotos. Mis bisabuelos, padres de 8 hijos, habían elegido aquel cuarto para exhibir los acontecimientos familiares de toda su prole, muy extensa. A las fotos de las primeras comuniones, que iban desde los encajes con velo estilo pirata de mi abuela en plenos años veinte, a los hábitos de monja y fraile de unos primos de mi madre a mediados de los sesenta, les seguían las bodas, las de traje de chaqueta de color negro y mantilla con ramo de gladiolos de la posguerra se iban aclarando y convirtiendo en vestidos de novia más o menos tradicionales. Todos menos una: mi madre. Por alguna razón de la que más de cuarenta años después no ha conseguido darme una explicación satisfactoria y que me encaja mucho más con los deseos de mi padre que con los suyos, mi madre decidió casarse de corto con un vestido minifaldero de manga larga estampado de flores y las plataformas de piel blanca más horrorosas que he visto en mi vida, cuántos drag queens matarían por ellas. Por eso, cuando las primas competíamos para ver qué madre era la novia más guapa (costumbre que abandonamos en los ochenta para disputar con nuestros propios vestidos de comunión) yo estaba en clara desventaja, la mía era siempre la peor. Porque, seamos sinceros, por horteras que fuesen los vestidos de novia de los años setenta a los ojos de unas niñas de diez años un traje largo y blanco siempre sería mucho mejor que uno estampado de flores rosas y azules que apenas llegaba a la mitad del muslo. A eso se unió que en la primera boda a la que fui, la de una tía mía, la novia llevaba un espantoso vestido color fucsia chillón por debajo de la rodilla y un peinado igualito que el de las imágenes de San Antonio de Padua. De ahí que lo que sucedió después me pareció una consecuencia lógica de mis carencias en temas de moda nupcial. 

El 29 de julio del año 1981 mi madre y mi tía veían en la salita de casa una boda en la televisión. Yo estaba jugando tirada en la alfombra, acababa de empezar Primaria y no sabía ni lo que eran las revistas del corazón pero cuando se acercaba la carroza en la que llegaba la novia dejé lo que fuera que estuviera haciendo y me quedé embobada mirando la pantalla. Por fin. Una novia. Una novia con metros y metros de seda,  encaje, velo de tul, diadema de diamantes, bajando de una carroza y subiendo una escalera forrada de rojo. Era como si la Cenicienta hubiera decidido de golpe volverse de carne y hueso.

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Quedé literalmente enganchada a aquella imagen, recuerdo que los locutores daban los detalles del tejido, de las personas que habían trabajado en él, de los metros de tela que se habían utilizado, de los gusanos de seda… Yo estaba sin palabras, la única vez que abrí la boca fue para preguntar que dónde estaba el ramo que echaba de menos en una novia de manual como aquella y mi curiosidad quedó satisfecha cuando se lo entregó una de las damas al terminar de subir la escalera: colgando en cascada pero no rígido, con movimiento, orquídeas, rosas, gardenias, fresias y lirios sobre un fondo de hojas de hiedra. No podría haber imaginado nada tan perfecto.

Si existe el término “orgasmo nupcial” yo tuve uno aquel día. Dicen que el príncipe Carlos vio ya entonces acercarse a Diana al altar con la cabeza y el corazón puestos en otra mujer, pero a miles de kilómetros hubo una niña que se enamoró perdidamente. Me enamoré de Diana, de su vestido marfil, de la tiara Spencer que encajaba en su cabeza como si hubiera nacido con ella puesta, del velo que le cubría la cara, de aquel ramo que se movía ligeramente a cada paso que daba, del paseo del brazo de su padre al son de la música y, en definitiva, de las bodas. Sinceramente creo que la planificación de mi propia boda empezó aquel mismo día y mi interés por todo evento nupcial que ocurre a mi alrededor, ya sea como invitada, por televisión, en revistas, películas, fotos, escaparates o incluso cuando paso por la calle y coincide que hay alguna, nació esa mañana de julio.

Y sí, lo sé, el vestido era recargado, lleno de volantes y detalles que lo hacían imposible y blablabla…objetivamente lo sé. Sin embargo, cada vez que lo veo sigo volviendo a ser aquella niña pequeña delante de la tele que, nunca, jamás, en ninguna parte, ha vuelto a caer rendida ante una novia como lo hice delante de Lady Diana Spencer. 

Mi foto de novia cerró la decoración de la pared de la casa familiar que hoy pertenece a un primo de mi madre y en la que no he vuelto a poner un pie. Fue la última y a la vez la primera de la nueva generación. Con ella compensé el vestido negro de mi abuela, la minifalda floreada de mi madre y, por difícil que resultase, hasta el vestido fucsia de mi tía. Se lo debía a la niña que fui. 

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Purita Laverdad es una cronista de ésas que hacen que uno se cuestione si es cierto aquello de que la sinceridad es una virtud. Si has cometido la imprudencia de invitarla a tu boda, buena suerte.

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